A vueltas con volver

Sé que os prometí un relato detallado de mi experimento por Tailandia. Queda poquito, en cuanto me deje de dar vueltas el mundo y aterrice.

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Las variables eran simples:  Billete de ida y vuelta con 3 semanas de diferencia, 3 noches de hotel apalabradas…nada más, nada menos.
Lo prometido es deuda y, como dijo Michael Ende «Pero esa es otra historia y será contada en su debido momento»

Me vais a perdonar, pero hoy no quiero hablar de eso. Me habeís preguntado mucho y prometo que os contaré mi viaje improvisado a Tailandia. Tal vez mañana, tal vez dentro de tres años… Pero no será esta noche.

Hoy vengo a hablaros de los placeres de la nadidad más absoluta (ni puñetera idea de si existe esta palabra ) si no existe alguien debería hacer algo al respecto…  A mi no me miréis, que yo acabo de llegar, como el Fito. (Lore, te quiero, y me invento palabras a veces, no me mates).

No obstante, y aún a riesgo de desvelaros el final, solamente os adelantaré una cosa:

Volví entera.

 De hecho volví tan entera que aún ando apretujándome, presionándome a mi misma más y más, intentando caber en mi vieja vida, como un pie hinchado en un zapatito estrecho, como un círculo en el hueco de un cuadrado, como esa pieza de cielo que alguien recogió mezclando azules y acabó en la bolsa del mar, y ahora no encaja en su puto puzle.

Otra vez vuelve a mi mente, el niño tozudo que algunos llaman destino, con los puñitos fríos, apretados del berrinche, llenos de saliva, golpeando una y otra vez los bordes de esa pequeña pieza fuera de contexto.
Eres azul, e intentas encajar…pero simplemente no puedes. No puedes, maldita sea…
Y aquí sigo yo. Trasplantada en mi antigua-nueva existencia… Y estoy dejando cadáveres por el camino, cadáveres metafóricos, pero cadáveres al fin y al cabo. No tan mal. Aún no es miércoles.

Aquí la gente habla mi idioma, pero la mayoría de las veces no entiende lo que digo, y mucho menos por qué. Así que hablar en alto por la calle no es tan divertido en esta lengua, ni pasear en pijama por las aceras con el moño torcido…me he vuelto mucho más salvaje de lo que me fui, y eso ya es decir otro tanto. Si hay algo que me preocupa de mi vuelta a occidente es que por el camino he descubierto placeres poco recomendables para viajes de ida y vuelta.
¿Habéis adivinado?  Os los voy a confesar: Ahora sé que el árbol suena aunque no haya ni un alma para escucharlo en medio del bosque, y se escucha a sí mismo sonar, y esto le excita desde la raíz hasta la misma copa, sangrar savia.

Sí, sí que sueno…mi vibración tiene su propia cadencia. A pesar del mundo que la envuelve. A propósito.
Y  lo comprendí al escuchar latir mi corazón en un baño de asfalto.  Tal vez incluso lo recordé.
Cientos de cuerpos apretujados, luchando por respirar el mismo aire, por desplazar sus cuerpos a la vez, millones de almas vagando sobre el suelo ardiente de Bangkok.balls-soup-thailand2-017
«Aquí no eres nadie» parecían decir los semáforos, perpetuamente desconectados, el ritmo ensordecedor de luces de neon en pleno movimiento por la noche, la brisa masticable cargada de olores. Lo sublime y apestoso, todo en la misma bocanada. Las ratas y las especias. Las frutas más deliciosas reventando en mi boca tras horas de ayuno, el señor que se lava el pelo en la acera. La masajista contorsionista con el puntito sádico que te dice -Shawadihaaaa-al entrar por la puerta, alargando tanto la haaa para dejarte bien claro que en ese espacio tú eres la única mujer a nivel anatómico. Nada más.
Pero ese no ser en quién me convertí, ese nadie en absoluto con los ojos más grandes que el resto, los pies sucios, el pelo revuelto y la mochila perpetuamente colgada del hombro, no necesitaba comportarse de un modo determinado, nadie espera nada en concreto de nadie…
Caminar en ninguna dirección,  no comer o beber nada más que aquello que apetece, bañarse y secarse al sol. Dormir y despertar cuándo, dónde y del modo preferido… La falta de expectativas, propias y ajenas, transforma cualquier espacio en una especie de nirvana cálido y sereno.

Y esa no necesidad de ser se transformó repentinamente en una no necesidad de hacer, y  cobró de pronto forma física. Un corazón latiendo, por primera vez, de forma absoluta y inexorablemente propia. Sin ningún otro motivo que el de seguir existiendo. Por y para mi misma,por el mero gusto de seguir respirando. Sin más.
Y ahí nací de nuevo.
Es tan salvaje que me estremezco solo con recordarlo. La potencialidad en estado puro. Norte, Sur, Este, Oeste. No importa. Ni mapas ni carteles, cuando no entiendes nada, de pronto lo comprendes todo.
Un analfabetismo funcional tan desolador como hermoso, y una comunicación tan pura y genuina con cualquiera, sentados en la acera, compartiendo un plato de quién sabe qué cosa, picante, dulce, salado…mesas corridas, desconocidos cenando juntos.
Y te descubres sin miedo a la gastroenteritis…haciendo espejo a la persona de enfrente, copiando su forma de mezclar contenidos y continentes aprendiendo que los palillos son para la sopa…experimentando sabores por imitación. Señalando platos al azar con el dedo, como un niño de 3 años con la tarjeta del MBK. Quiero saber como sabe ESO comunicas con los ojos.
-No- dice alguien con la cabeza-
Esa salsa no se te ocurra echártela (parece decir el de al lado) y el otro le da la razón, y la camarera también y se ríen..de pronto 5 personas saben que estoy ahí y saben exactamente quién soy: La persona de ojos redondos que no necesita más picante.
Y acabo de aprender un idioma que no necesitaré olvidar jamás… Brutal, primario. No necesito ser nadie para disfrutar de una cena deliciosa en buena compañía. La libertad más absoluta…

Pero ya lo he dicho, no quiero hablar ahora de aquello…siento que mi corazón brinca y ahora mismo necesita riendas para seguir al servicio de otras causas.
Es muy tarde en mi ciudad natal y mañana tengo que seguir fingiendo que desconozco la potencialidad de una vida sin miedos.
Es el riesgo de volver. Nunca olvidas los placeres del otro lado del abismo. Porque sabes, que en el fondo, la normalidad es un invento de los hombrecillos grises para hacernos sentir culpables al resto. Y entonces comprendes también, soltando una lagrimita de amargura al pisar el otro lado de la aduana, que te la han vuelto a jugar.
De vuelta a casa, mierda. Te sientes un poco timada, y esta sensación recuerda en cierto modo a la tierra entre los dientes cuando comes berberechos. No es justo, pero a veces pasa, y cuando pasa nadie lo puede evitar, hay que asumir el incordio. Como cuando se te suelta la zapatilla en medio del baile. El show debe continuar, aún con un pie descalzo. Lo otro sería detener la función, y no quieres correr ese riesgo, es manejable. Mejor seguir con el pie frío, sin que se detenga la diversión, son todos pequeños desagrados, microdisgustos corrientes y molientes que todos estamos dispuestos a pagar una y otra vez…es un sabor conocido, el regusto de la zona de confort de nuevo. Acolchado bajo la lengua…puedes llegar a acostumbrarte, incluso asusta un poco la otra opción…y ahí te vuelve. El miedo, la asunción de tu propia urgencia. Ya te atrapó, pardilla…Y ahí ya sí que no hay más tu tía…De nuevo te toca ser alguien. O al menos fingirlo con ganas.

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